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No es que yo me crea muy capo...

Pero vayan a Google. Pongan para buscar "el blog de dios" (con comillas) y hagan click en "Voy a tener suerte".
Fíjense a donde los lleva.

Y recuerden que Google es muy groso.


Jaco-#



A vos, que vas por la calle como con una pancarta pidiendo que te presten atención... quiero decirte que ya tenés la mía.


Jaco-#



Vos te sentás en el escaloncito de la panadería y mirás para la calle, así como de coté y acercando mentalmente la cabeza al piso. El túnel queda enfrente tuyo. Entonces vas a ver como la calle escupe autos y colectivos, cada tanto una moto.
A la larga la visión te parece divertida. ¡Una calle que escupe autos! ja, re loco.
Y estaba yo en medio de ese trance cuando vi por primera vez el bondi rojo que nunca para.
El recorrido de esa línea era algo que no se conocía con certeza, pero se creía que era algo así como el recorrido de todos los ramales del 60, combinados en uno solo. Algo realmente demencial.
Y se creía esto porque no había barrio por donde no se lo haya visto pasar al bondi rojo que nunca para.
Y se lo llamaba el bondi rojo que nunca para justamente porque era rojo, y porque no paraba nunca, siempre iba lleno. Nunca se vio subir ni bajar a nadie, tampoco se le conocía terminal. El número de la línea figuraba en los listados de colectivos, pero no hay más información que esa.
El bondi rojo siempre agarraba los semáforos en verde y nunca cayó en un embotellamiento. Nunca frenó en un paso a nivel ni le cortaron la calle los piqueteros.
La calle de mi casa evidentemente estaba -al menos a veces- incluída en el recorrido del bondi rojo, y muy de vez en cuando nos cortaba el partidito de balonpié (balompié?) a los pibes. Nosotros nos dimos cuenta que los pasajeros no solo eran muchos, sino que eran siempre los mismos y cambiaban un poco de ubicación. Con el tiempo llegamos a identificarlos y bautizar a algunos de ellos como "El Gordo Morci" o el "Dolape Botón", pero luego dejamos de dedicarnos a esta picardía porque sus caras no nos lo permitían. Eran caras de desesperación, algunas de espanto, algunas de resignación y nos causaban profunda tristeza.
Un día uno de ellos, al que le habíamos puesto el apodo de "Mafia" nos tiró un boleto por la ventanilla abierta, como quien deja una señal en el camino, cuando es llevado prisionero. Era el número 00017 y de color amarillo, aunque daba toda la impresión de haber sido blanco en otrás épocas. Flasheamos con algún tipo de mensaje revelador en el reverso del boleto, pero no había nada, salvo mugre.

Finalmente un día salió la noticia en el diario. Un auto había intentado seguirlo para descubrir hasta dónde iba, dónde estacionaba o al menos cuándo cargaba combustible. La persecución se hizo cada vez más veloz hasta que el bondi rojo intentó cruzar la barrera de Fernandez Moreno cuando estaba baja y el tren Urquiza lo embistió de lleno.
Dicen que entre los fierros retorcidos y calcinados no se encontraron restos humanos.


Jaco-#



(tenía un post re largo pero fue)

Resulta que había una barrera en mi barrio.
Si pasaba un tren, la barrera se bajaba.
Si pasaba la farolera, la barrera se subía.
Tenía onda la barrera.

Los pibes la queríamos tanto como al árbol de la vereda de Sebi, cuya copa nos servía de refugio y lugar de encuentro.
Una vez dijeron que si mandabas un cable entre las vías en una parte la barrera se bajaba aunque no pasara el tren, pero eran patrañas difundidas por el ferretero de barrio, que vendía cable.
Un día la barrera dejó de andar y entonces había un tipo vestido de azul que hacía de barrera humana, y te avisaba si podías pasar o no. Después la arreglaron y el tipo se fue. Pero la barrera no paraba de descomponerse a los días de haber sido arreglada. El intendente se cansó y la mandó sacar y después construyeron un tunel y no hicieron falta más barreras.

Los pibes del barrio salimos a buscar la barrera que habían sacado mientras todos dormían, pensábamos que tenía que estar por el basurero municipal. El plan era llevarla arrastrando hasta un hueco del alambrado y después transportarla hasta el patio de Leandro sobre tres carritos de rulemanes unidos.
Fuimos hasta el basurero y automáticamente nos desilusionamos, porque el lugar era inmenso. Muchísimo más grande de lo que habíamos imaginado.
De todas formas nos separamos y empezamos a buscarla, esquivando porquerías y miasmas que amenazaban con desmayarnos.

Dos horas después nos reencontramos en uno de los rincones previamente acordados, ninguno tenía buenas noticias. Desolados y malolientes nos fuimos caminando, ocultando las lágrimas que no queríamos dejar correr para no poner en duda nuestra hombría.

No habíamos hecho 20 pasos cuando empezamos a sentir una campana. Pero no era una campana cualquiera, por supuesto, era la campana de la barrera, de nuestra barrera. Corrimos, tropezamos, nos arrastramos y volvimos a correr, guiados no solo por el sonido, sino también por un instinto hasta ese momento ignorado por todos.

La encontramos, la sacamos, nos la llevamos.
Los padres de Leandro nos sacaron carpiendo cuando nos vieron en el patio con la barrera, así que tuvimos que hacer otra cosa.
La desarmamos y enterramos toda la parte de metal en el baldío de los curas. Después nos fumamos la madera pintada de rojo y blanco a rayas.
Costó, pero en 2 meses lo logramos.

Esa fue una linda despedida.


Jaco-#



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